Ha llegado el momento de plantear un debate sereno, pero urgente, acerca de si nos conviene permanecer en el euro.

Lo que no nos contaron es que la entrada en el euro suponía una pérdida de la soberanía económica, que se concreta en la imposibilidad de devaluar la moneda. Ésta es una herramienta básica para fomentar las exportaciones y, por tanto, proteger la industria nacional. Paralelamente, y en contra de lo que nos prometieron y juraron, la unión monetaria no ha supuesto una convergencia en las tasas de inflación: ésta ha aumentado en España más de un 34% desde la entrada en el Euro, un 17% más que en Alemania.

Quizá el motivo por el que se prevé una abstención tan elevada en las próximas elecciones europeas sea por la sensación de inutilidad de las mismas. Los lemas que nos inundarán desde el 10 de mayo se presentan insustanciales y sin contenido (“Más Europa, más España”, “Tú mueves Europa”), tal vez porque si habláramos de Europa en serio, de las consecuencias económicas y sociales, del poder de la Troika, de la deuda exterior o de la ausencia de control del Banco Central Europeo, mucho ciudadano se pensaría repetir su voto a los Cánovas y Sagasta del presente.

Uno de los debates que va exigiendo abrirse paso es la conveniencia o no de salirnos del euro. Durante muchos años políticos y empresarios de todos los colores se pusieron de acuerdo en vendernos esta moneda como la panacea de la modernidad y la integración internacional, salvo contadas excepciones.

Lo que no nos contaron es que la entrada en el euro suponía una pérdida de la soberanía económica, que se concreta en la imposibilidad de devaluar la moneda. Ésta es una herramienta básica para fomentar las exportaciones y, por tanto, proteger la industria nacional. Paralelamente, y en contra de lo que nos prometieron y juraron, la unión monetaria no ha supuesto una convergencia en las tasas de inflación: ésta ha aumentado en España más de un 34% desde la entrada en el Euro, un 17% más que en Alemania.

Estos dos factores crearon un escenario en el que, mientras los países del norte, comoAlemania, aumentaban su competitividad, los países del Sur (España, Portugal, Grecia, Irlanda…) la perdían, amputadas sus herramientas económicas para potenciar sus exportaciones y su industria.

¿Cómo solucionar esto? Antes de la crisis era sencillo: Alemania nos prestaba dinero para que compráramos sus productos. Desaparecía nuestra industria y nos hacíamos dependientes, pero manteníamos nuestro crecimiento. De esta manera, España ha ido aumentando su déficit exterior, mientras Alemania la reducía. Crecíamos, sí, pero a costa de endeudarnos. Y no debido a grandes inversiones públicas, ni por ampliar los derechos sociales, sino por esta dinámica perversa de dependencia y pérdida de autonomía. Tanto es así que en 2008, antes de que estallara la crisis, nuestra deuda exterior ya era de un 10% del PIB (Alemania, mientras, gozaba de un superávit de un 6%). La ayuda alemana no ha sido nunca un gesto solidario, sino la base para asegurar su crecimiento a costa de nuestra dependencia, con la celebración de nuestros sucesivos Gobiernos.

Cuando, en 2008, estalla la crisis, los bancos europeos interrumpen dichos préstamos, motivados por la desconfianza generada por la crisis de las hipotecas subprime procedentes de EEUU. Se corta el grifo, y los países del sur nos encontramos con una enorme deuda que no podemos refinanciar. Como hemos perdido nuestras herramientas de corrección en el orden monetario, la opción que queda es reducir salarios (“deflación competitiva”) y los conocidos recortes sociales. El resto es de sobra conocido.

Difícilmente estas medidas, recomendadas por la Troika, podrán tener efectividad, salvo que se renegocie la deuda y nos neguemos a pagar una parte importante de la misma. Cosa que, mientras sigamos dependiendo de ellos, será imposible llevar a cabo.

Muy lejos quedan los sueños de trilero que nos contaron. Perder la soberanía económica es perder la democracia. Sin más. Los españoles podemos elegir nuestro Gobierno, pero el poder radica en instancias muy alejadas del mismo.

Cinco premios Nobel de Economía han recomendado que España se salga del euro, como ha recordado Miguel Manzanera en un reciente artículo. También lo han hecho economistas españoles de relevancia como Juan Francisco Martín Seco (ex secretario de Estado de Hacienda y ex interventor general de Administración del Estado), Pedro Montes (ex economista del Banco de España). Otros, como Juan Torres (Catedrático de Economía de la Universidad de Málaga) o Vincenç Navarro (Catedrático de Ciencias Políticas de la Universidad Pompeu Fabra y ex Catedrático de Economía de la Universidad de Barcelona) están pidiendo como mínimo crear un debate social sobre esta posibilidad.

Ha llegado el momento de plantear un debate sereno, pero urgente, acerca de si nos conviene permanecer en el euro. Habrá que analizar posibilidades de alianzas con otros países del sur de Europa, comprobar las posibilidades de una industria nacional o estudiar la posibilidad de una banca pública. Cualquier cosa salvo seguir creyendo, con una fe cada vez más irracional, que quienes nos metieron en el fango nos van a sacar de él.

José Sarrión

lacronicadesalamanca.com

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